Hay una tendencia generalizada entre las personas a aferrarse al primer impulso, a la primera corazonada. El problema es que el mundo no funciona así. En primer lugar, porque el mundo es demasiado complicado. En segundo lugar, porque nosotros somos demasiado imperfectos.
Una vez tomamos un camino nos cuesta plantearlos otro diferente. Y cuanto más tiempo llevamos recorriendo ese camino, más fatigoso resulta retroceder. Por eso, a partir de determinada edad nos resulta muy difícil cambiar de religión o de ideología política, así como cualquier otra convicción muy arraigada. Cuanto más tiempo pasa, el arraigo no solo es mayor, sino que nuestro cerebro es menos flexible.