“El diccionario de la real academia de la lengua española define la masculinidad como lo que es propio exclusivamente del varón. La masculinidad se entiende, así como indisociablemente vinculada a la forma de los cuerpos. La noción de masculinidad, desde este punto de vista, podríamos explicarla de una forma sencilla pero especialmente gráfica: como todo lo que no tiene que ver con las mujeres.”[1].
Para redefinir la masculinidad es necesario desaprender lo aprendido durante décadas, donde se ha venido enseñando que los hombres son los más fuertes, los que llevan el pan a la casa, los que tienen la responsabilidad del hogar, los que no pueden llorar ni mucho menos mostrarse frágiles. Como decía Stuart Mill “el ser humano debería ser como un árbol, libre para crecer y florecer en toda su potencialidad y el sexismo actúa como esas tijeritas que nos van podando por aquí y por allí y van limitando el crecimiento personal. Esos estereotipos que te dicen que si eres un niño no puedes llorar o que si eres una niña no puedes jugar al fútbol, nos convierten en versiones en miniatura y encorsetadas de todo aquello que podríamos llegar a ser.”