El vínculo que se forma entre la madre y el niño es fundamental para su desarrollo, tanto así que afecta directamente su personalidad y su conducta hasta que llega a la etapa adulta. El vínculo entre la madre y su hijo se crea desde el momento de la gestación, y su nivel emocional se va incrementando durante el momento del nacimiento, la lactancia y luego, con el cuidado de sus primeros años.
“A través de la relación amorosa “madre e hijo” se va tejiendo la capacidad de amar y de darle sentido a esta experiencia.
En la relación diaria, los seres humanos se instruyen no solo de contenidos y habilidades necesarias para sobrevivir, sino también de un modo de relacionarse con los demás. Asimismo, aprenden a identificar y validar (o no) las emociones, a gestionar conflictos, a asimilar los valores que guiarán sus decisiones vitales. En definitiva, el soporte emocional que entregan las madres a sus hijos cuando ellas se sienten también contenidas, posibilita una mejor adaptación socioemocional del individuo.”[1]