El lenguaje no solo comunica ideas; también construye realidades. Desde la psicología, se reconoce que ciertas frases cotidianas pueden reforzar creencias limitantes, desigualdades y formas sutiles de violencia. Expresiones como “hay carreras para hombres y otras para mujeres” o “los niños no lloran” transmiten mensajes que restringen la identidad, invalidan emociones y perpetúan estereotipos de género. Sustituirlas por mensajes como “puedes estudiar lo que te apasione” o “todos tenemos derecho a expresar nuestras emociones” favorece el desarrollo de una autoestima saludable y una identidad libre de imposiciones.
La violencia, definida por la Organización Mundial de la Salud, implica el uso intencional de la fuerza o el poder que puede causar daño físico o psicológico. Sin embargo, no toda violencia es visible. La violencia psicológica, por ejemplo, se manifiesta en descalificaciones como “no eres lo suficientemente inteligente” o comparaciones dañinas sobre la apariencia. Estas expresiones pueden generar inseguridad, ansiedad y sentimientos de inferioridad, especialmente en niños, niñas y adolescentes.
En Colombia, el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses ha reportado miles de casos de violencia contra menores en los primeros meses del año, evidenciando que el problema trasciende el ámbito privado. Además de la violencia física y sexual, existen formas menos visibles como la negligencia emocional, la hiperexigencia, la sobreexposición digital y el reclutamiento forzado por grupos armados, situaciones que vulneran gravemente el desarrollo integral.
Las señales de alerta pueden incluir cambios bruscos de comportamiento, retraimiento social, bajo rendimiento escolar, alteraciones del sueño o conocimientos sexuales no acordes a la edad. No obstante, algunos menores pueden no mostrar signos evidentes, lo que exige mayor sensibilidad por parte de adultos, docentes y cuidadores.
Desde un enfoque preventivo, transformar el lenguaje cotidiano es un primer paso. Validar emociones, respetar la individualidad y rechazar cualquier forma de agresión envía un mensaje claro: nadie tiene derecho a dañar a otro. Promover entornos seguros y afectivos no solo previene la violencia, sino que fortalece la salud mental y el bienestar social.