En un territorio como San Andrés, Providencia y Santa Catalina, el mar no solo representa belleza natural; también hace parte de la identidad, la economía y la vida cotidiana. Por eso, fenómenos como la llegada masiva de sargazo o la erosión costera no solo tienen consecuencias ambientales, sino también un impacto psicológico en quienes habitan las islas.
El sargazo es un alga marina que, cuando se acumula en grandes cantidades, puede generar malos olores, afectar las playas y alterar las actividades relacionadas con el mar. Estos cambios modifican el entorno habitual y pueden despertar emociones como preocupación, frustración, incertidumbre o tristeza, especialmente en las personas que dependen del turismo, la pesca o viven cerca del litoral.
Desde la psicología ambiental se sabe que los espacios donde vivimos influyen en nuestro bienestar emocional. Cuando un paisaje significativo cambia o se percibe amenazado, es normal experimentar una sensación de pérdida o inseguridad. En comunidades insulares, donde el vínculo con el océano forma parte de la historia y la cultura, estos efectos pueden sentirse con mayor intensidad.
Además, la preocupación por la salud, los daños en las viviendas ocasionados por la humedad y el salitre, o el avance del mar hacia zonas habitadas pueden aumentar el estrés diario. Sin embargo, reconocer estas emociones permite afrontarlas de manera más saludable.