Por: Julieth Mosquera
La ficción también es una forma de contar quiénes somos.
Las historias de ficción tienen la capacidad de crear mundos, personajes y situaciones que, aunque nacen de la imaginación, pueden conectarnos con nuestra propia realidad, cultura e identidad.
Desde sus primeros años, la ficción televisiva ha evolucionado hasta convertirse en uno de los formatos más importantes de la televisión. En Colombia, este proceso comenzó con la llegada de la televisión en 1954 y con el tiempo permitió contar historias relacionadas con diferentes regiones, culturas y formas de vida del país.
En la televisión pública regional, la ficción tiene además una característica particular: contar las regiones desde sus propios territorios.
Las series producidas por estos canales buscan resaltar elementos como la identidad, la cultura local, la diversidad étnica y la historia de las comunidades.
En el caso de Teleislas, estas historias encuentran inspiración en la cultura raizal, las tradiciones, los paisajes y las experiencias propias del Archipiélago.
Producciones como Siete Tonos de Amor, Estamos Solos, Vendaval de Ilusiones y Shadows and Whispers muestran diferentes posibilidades de llevar el territorio a la pantalla a través del suspenso, el romance, la juventud, la tradición oral y otros elementos de la cultura isleña.
Porque cuando una región cuenta sus propias historias, la pantalla también se convierte en un espacio para preservar la memoria y mostrarle al mundo quiénes somos. De acuerdo con la investigación realizada, puertos como Cartagena de Indias tuvieron un papel en la distribución de población esclavizada hacia el norte de Sudamérica y Centroamérica, mientras que el Archipiélago recibió población afrodescendiente desde los siglos XVII y XVIII en el contexto de las disputas coloniales entre España e Inglaterra.
Comprender estos procesos permite mirar la identidad raizal desde una perspectiva regional y reconocer que muchas de sus expresiones culturales tienen vínculos con otros pueblos del Caribe.
La música, la lengua, la gastronomía, las celebraciones y la relación con el mar son algunos de esos elementos que permiten establecer puentes entre territorios que, aunque separados geográficamente, comparten parte de una historia.