Todos tenemos una historia detrás de cada herida. Todo lo que nos ha sucedido cumple un propósito y una razón de ser; nada se da al azar ni por ‘cosas del destino’. Algunas de las heridas son causadas por nuestras malas decisiones. No hay causa sin efecto.
¿Podemos aprender de nuestras heridas? ¿Alguna vez se ha hecho esa pregunta? La respuesta es un rotundo sí. En la espiral de la vida, cada que ascendemos en nuestro aprendizaje, aparecen nuevos retos y son esos los que nos permiten descubrir que es posible renacer y resurgir, sin importar la situación.
Aprendemos de nuestras heridas cuando somos capaces de desprendernos del dolor y podemos mirar por encima de él. Así mismo sucede cuando somos capaces de reconocer lo que pudo haber ocurrido, para no volver a tropezarnos con la misma piedra.