No importa quién seas o qué tan bien te lleves con la vida, todos hemos tenido un momento digno de la frase “¡Ábrete y trágame tierra!”. Ese instante en que la vergüenza, la incomodidad o el pánico social nos hace desear desaparecer por completo. Tal vez fue un resbalón en público o una confusión de nombres en una reunión importante. Son esos segundos eternos en los que sientes que el mundo te observa y tú solo quieres evaporarte.
Estas situaciones son las que nos enseñan a reírnos de nosotros mismos. La vulnerabilidad que sentimos en esos momentos puede ser el punto de partida para desarrollar resiliencia y hasta una buena anécdota que contar en el futuro.