Las investigaciones señalan que la violencia suele surgir por la interacción de múltiples factores: experiencias de maltrato o abandono durante la infancia, modelos familiares violentos, dificultades para regular las emociones, baja empatía, necesidad de control y creencias que justifican el uso de la violencia. No obstante, haber crecido en un entorno adverso no convierte automáticamente a alguien en agresor. Muchas personas rompen ese ciclo y construyen relaciones sanas.
Uno de los aspectos más preocupantes es que algunos agresores desarrollan pensamientos que minimizan su responsabilidad, como creer que “la otra persona lo provocó” o que “tenían derecho a actuar así”. Estas distorsiones cognitivas favorecen la repetición de la violencia y dificultan el cambio.
También existen señales de alerta que no deben ignorarse en una relación: celos excesivos, aislamiento de la pareja, manipulación emocional, cambios bruscos de humor, control constante, falta de empatía y tendencia a culpar a los demás de sus propios actos.
La prevención comienza desde la infancia, fortaleciendo vínculos afectivos seguros, enseñando regulación emocional, resolución pacífica de conflictos y promoviendo relaciones basadas en el respeto y la igualdad. Si una persona ejerce violencia, el cambio es posible, pero requiere reconocer el daño causado, asumir la responsabilidad de sus actos y participar en un proceso terapéutico especializado. Comprender las raíces de la violencia permite prevenirla, pero nunca justificarla.