Migrar implica dejar atrás no solo un lugar, sino también costumbres, vivencias y recuerdos. Aunque la promesa de un futuro mejor motiva el cambio, el corazón siempre queda dividido entre lo nuevo y lo que se dejó.
El choque cultural es otro reto. No solo se trata del idioma, sino de sentirse fuera de lugar en las pequeñas rutinas diarias. Esa sensación de no pertenecer surge en los momentos más simples, generando una constante nostalgia.