A nivel psicológico y neurológico, el consumo frecuente de alcohol puede generar dependencia, caracterizada por la pérdida de control sobre el consumo y la necesidad constante de beber. Además, está relacionado con problemas como depresión, ansiedad, dificultades de memoria y deterioro cognitivo. Estas alteraciones afectan la vida personal, social y académica de las personas.
El consumo excesivo también tiene consecuencias graves para la salud física. Entre ellas se encuentran enfermedades hepáticas como la hepatitis alcohólica y la cirrosis, trastornos cardiovasculares como hipertensión, arritmias, infartos o trombosis, así como diversos tipos de cáncer. Asimismo, puede provocar enfermedades digestivas como pancreatitis y alterar el metabolismo, aumentando el riesgo de diabetes.
En situaciones especiales, como el embarazo, el alcohol puede causar graves daños al desarrollo del bebé, incluyendo el síndrome alcohólico fetal. También puede provocar problemas reproductivos, alteraciones hormonales y trastornos alimentarios relacionados con el consumo.