Los especialistas señalan que el duelo no ocurre de forma lineal. Existen momentos de aparente tranquilidad y otros donde la tristeza reaparece intensamente, especialmente en fechas importantes como cumpleaños, graduaciones o situaciones difíciles. Cuando este dolor no recibe acompañamiento emocional adecuado, pueden desarrollarse problemas como ansiedad, depresión, miedo al abandono o dificultades para establecer vínculos afectivos saludables en la adultez.
Además, muchas familias atraviesan procesos de sobreprotección tras la pérdida, especialmente cuando la muerte fue inesperada. Aunque estas conductas nacen del temor y el deseo de proteger, alterar excesivamente las rutinas o limitar la autonomía del niño puede dificultar su adaptación emocional.
La psicología y organismos como UNICEF resaltan la importancia de ofrecer espacios seguros donde los hijos puedan expresar tristeza, enojo o miedo sin sentirse juzgados. Escuchar, validar emociones y permitir que hablen del ser querido fallecido favorece una elaboración más saludable del duelo. El acompañamiento familiar, escolar y psicológico no elimina el dolor, pero sí ayuda a que las heridas emocionales no se conviertan en sufrimientos permanentes.