Para los jóvenes nacidos a finales de los años noventa e inicios de los dos mil, la decisión de tener hijos ya no se asume como un paso automático del ciclo vital, sino como una elección profundamente reflexionada. Desde la psicología, este fenómeno puede entenderse como una respuesta adaptativa a un contexto marcado por la incertidumbre. Eventos globales como la pandemia, las crisis económicas, los conflictos armados y el cambio climático han generado una percepción de futuro inestable, lo que influye directamente en las decisiones reproductivas.
Este escenario activa procesos psicológicos de evaluación de riesgos y costos. Tener hijos implica hoy no solo un compromiso emocional, sino también una alta demanda económica y mental. El aumento del costo de vida, la precariedad laboral y la falta de garantías generan ansiedad anticipatoria, llevando a muchas personas a posponer la maternidad o paternidad, o incluso a descartarla. No se trata de desinterés afectivo, sino de una búsqueda de seguridad y coherencia entre deseos personales y posibilidades reales.
A nivel generacional, también se observa un cambio de valores. La identidad ya no se construye únicamente alrededor de la familia nuclear, sino en torno al desarrollo personal, la educación, la estabilidad emocional y el bienestar. Desde la psicología humanista, esta priorización responde a la necesidad de autorrealización antes de asumir responsabilidades de largo plazo.
En el caso de las mujeres, la decisión está además atravesada por la desigualdad de género. La carga del trabajo no remunerado, la maternidad como factor de exclusión laboral y las brechas sociales generan un conflicto interno entre el deseo y la renuncia. Elegir no tener hijos puede convertirse, psicológicamente, en un acto de autocuidado y autonomía.
Las consecuencias de esta tendencia, como el envejecimiento poblacional, plantean retos colectivos. Sin embargo, comprender las motivaciones psicológicas detrás de la baja natalidad permite diseñar políticas públicas más empáticas, que no culpen a las decisiones individuales, sino que aborden las condiciones estructurales que hoy hacen de la maternidad y la paternidad una elección cada vez más compleja.