Desde una mirada psicológica, la monogamia no puede entenderse solo como una forma de organización social, sino también como una respuesta a necesidades emocionales profundas del ser humano. El vínculo exclusivo y relativamente estable ha ofrecido, a lo largo de la historia, un marco de seguridad, pertenencia y previsibilidad afectiva, elementos clave para el desarrollo emocional y la construcción de la identidad.
Psicológicamente, las relaciones monógamas facilitan el apego seguro, especialmente cuando se sostienen en la confianza, la coherencia y el compromiso mutuo. Este tipo de vínculo ha sido funcional para la crianza, la protección de los hijos y la regulación emocional, lo que explica por qué se consolidó como modelo predominante en muchas culturas. Sin embargo, que sea frecuente no significa que sea natural, universal o adecuada para todas las personas de la misma manera.
En Colombia, la monogamia se ha internalizado como ideal cultural, reforzada por la religión, la familia y la educación. Desde pequeños, se asocia con amor verdadero, fidelidad y estabilidad. No obstante, esta idealización convive con una alta tolerancia social hacia la infidelidad, lo que genera disonancia cognitiva: se exige exclusividad, pero se normaliza su ruptura. Esta contradicción suele traducirse en culpa, ansiedad, conflictos de pareja y relaciones sostenidas más por presión social que por elección consciente.
Los cambios sociales recientes —aumento de separaciones, divorcios y nuevas formas de familia— no necesariamente indican el fracaso de la monogamia, sino una mayor legitimación del bienestar emocional individual. Desde la psicología, terminar una relación que no funciona puede ser una expresión de autocuidado y madurez emocional, más que de incapacidad para el compromiso.
Las generaciones jóvenes, por su parte, están resignificando la monogamia. Más que rechazarla, la cuestionan: buscan acuerdos explícitos, relaciones más honestas y coherentes con sus valores. Esto revela un tránsito importante: pasar de la monogamia como imposición social a la monogamia como decisión reflexiva.
En conclusión, la monogamia no es un mito, pero tampoco una fórmula única. Es real como ideal cultural, frágil en la práctica cuando no es consciente, y saludable solo cuando se elige libremente y se vive con responsabilidad afectiva.