Cuando a un miembro de la familia se le diagnostica la enfermedad de Alzheimer u otra demencia, el efecto en toda la familia puede ser abrumador. Es normal que el diagnóstico pueda desencadenar una serie de emociones como ira, miedo, incertidumbre, frustración y tristeza.
“La enfermedad de Alzheimer representa uno de los principales problemas de la sanidad pública, porque las personas afectadas pierden su independencia y se convierten en un peso familiar y financiero. El protagonismo en las tareas diarias de una persona que cuida de un paciente con enfermedad de Alzheimer o demencia relacionada aumentará a medida que la enfermedad avance.”[1]