Cuando tenemos un problema, una de las primeras cosas que hacemos es intentar averiguar de dónde viene, el origen, para tratar de encontrar las claves para solucionarlo. Esta búsqueda, a veces, nos lleva a la generación anterior: “mi madre tenía la misma fobia”, “he heredado de mi padre su carácter pesimista”. Es necesario aclarar que los miedos, actitudes y emociones no se heredan pero tampoco es una coincidencia que los compartamos con nuestros progenitores: son aprendidos.
En ocasiones, nuestros padres o el entorno cercano nos transmiten una serie de temores con los que no llegamos al mundo cuando nacemos. Los miedos aprendidos no nos vienen de “fábrica”, es decir, no están integrados en ese registro cerebral heredado a través de nuestra evolución. hay temores que nos proyectan los demás, en especial nuestros progenitores. Existen angustias que vemos reflejadas en quienes nos rodean y que de un modo u otro quedan impresas en nosotros con la misma intensidad.
El ser humano, como el resto de organismos vivos, están “diseñados” para aprender de su entorno y sobrevivir. De este modo, y como ejemplo, si nuestro padre teme a los perros, aprenderemos desde bien temprano que estos animales son figuras de las que tal vez debamos protegernos.