En el desarrollo psicológico de los niños, la figura paterna ocupa un rol insustituible. Más allá del tradicional papel de proveedor, un padre presente impacta positivamente en la autoestima, la autonomía, la regulación emocional y la estabilidad afectiva de sus hijos. Así lo respaldan estudios como el publicado en la revista INFAD de Psicología, donde se destaca la correlación entre el apego paterno y el bienestar escolar.
Desde la psicología positiva, la paternidad activa no debe ser vista como una “ayuda” ocasional, sino como una implicación real, constante y afectiva. Como señala la psicóloga Valeria Sabater, el padre que cuida, juega, orienta y se involucra está ejerciendo plenamente su paternidad, brindando seguridad emocional y dejando huellas significativas en la vida de sus hijos.
El modelo de “paternar”, promovido por el ICBF, refuerza esta visión, al proponer una participación desde la gestación hasta la adolescencia, en aspectos que trascienden lo económico: cuidado cotidiano, educación, juego y acompañamiento emocional. Cuando un padre establece rutinas compartidas, impone límites con afecto y muestra disponibilidad emocional, promueve un desarrollo integral en sus hijos: mejores habilidades sociales, mayor rendimiento académico, y un sentido de pertenencia sólido.
En contraste, un padre ausente emocionalmente –aunque físicamente presente– puede generar sentimientos de abandono, baja autoestima, y patrones de comportamiento desafiantes. Los niños no suelen cuestionar al adulto, sino que interiorizan el desinterés como una falla propia.
Ser un padre presente no significa perfección, sino compromiso emocional. Implica escuchar activamente, compartir tiempo de calidad, orientar con sabiduría, y ofrecer contención en los momentos difíciles. Es enseñar con el ejemplo qué significa amar, cuidar y convivir. En definitiva, la paternidad activa transforma no solo a los hijos, sino también a la sociedad, al fomentar familias más equitativas, afectuosas y resilientes.