La Constitución de Colombia reconoce a la familia como el núcleo fundamental de la sociedad, lo que implica que la crianza y el cuidado de los niños no son solo obligaciones legales, sino también responsabilidades emocionales y psicológicas. La patria potestad, regulada por el Código Civil, otorga a los padres derechos sobre sus hijos menores, pero la responsabilidad parental, desarrollada en la Ley 1098 de 2006, amplía esta visión al incluir orientación, acompañamiento y crianza solidaria bajo el principio del interés superior del menor.
Desde la psicología, esta responsabilidad adquiere un valor profundo: los padres son los primeros mediadores del mundo para sus hijos. A través de sus vínculos, los niños desarrollan seguridad emocional, habilidades sociales y un sentido de identidad. La Corte Constitucional ha reiterado que la custodia y el cuidado personal no son solo trámites jurídicos, sino componentes esenciales para garantizar el desarrollo integral de los menores.
El argumento central a favor de la responsabilidad parental primaria es que la crianza genera lazos afectivos imposibles de reemplazar por el Estado. La literatura psicológica coincide en que el entorno familiar favorece la autoestima, la empatía y la resiliencia. Investigadores como David Pastor Vico han destacado que la paternidad implica un proceso de transformación cerebral y emocional, donde el compromiso y el sacrificio fortalecen los vínculos parentales.
Sin embargo, también es necesario un apoyo estatal complementario. En contextos de negligencia, violencia o incapacidad parental, el Estado debe garantizar el bienestar de los niños, actuando como protector y facilitador. Además, las políticas públicas, como la ampliación de la licencia de paternidad, buscan equilibrar la corresponsabilidad y reducir los efectos de los estereotipos de género en la crianza.
La psicoterapeuta Phillipa Perry advierte sobre los riesgos de delegar la crianza a las redes sociales y entornos digitales, lo cual puede afectar la capacidad de los niños para construir relaciones reales. Por ello, la sociedad también tiene un papel clave: las comunidades, redes de apoyo y la “tribu social” ofrecen entornos saludables que refuerzan la seguridad infantil.
En conclusión, la responsabilidad parental y la patria potestad no deben entenderse solo como deberes legales, sino como un compromiso psicológico y ético. La crianza es un acto de amor y corresponsabilidad donde familia, Estado y sociedad se complementan para garantizar el pleno desarrollo del niño.